Desde las cornisas caen torrentes,
ríos cristalinos que empapan la piel,
desde la frente hasta los pies descalzos,
mientras la urbe se rinde al aguacero.
Marzo despierta con su manto de lluvia,
paraguas abiertos como alas de cuervos,
sandalias y zapatos se pierden en charcos,
el trueno retumba, el relámpago hiere,
y la atmósfera vibra con su furia plateada.
Pero al alba, cuando cesa el estruendo,
el aire huele a tierra mojada,
y un deseo de canto invade el alma,
pues el clima se torna romántico.
En la noche, el frío se adueña del viento,
el trueno retumba con eco profundo,
y un relámpago ciega, rasgando la sombra.
Sobre el techo, la lluvia repica,
himno metálico de aguas errantes.
El agua, errante viajera del cielo,
se alza en el día, evapora al sol,
regresa en la noche, llanto divino,
y en su ciclo eterno de bruma y rocío,
hace florecer la vida en el campo.
Los árboles beben, la hierba renace,
la tierra dormida despierta y respira,
la lluvia es el pulso del viejo planeta,
la danza infinita del agua y del tiempo.
Pero en la ciudad, la tormenta no calla,
las calles sucumben a ríos desbordados.
Prosperina, Voluntad de Dios, City Mall,
Urdenor, Urdesa, Los Ceibos,
barrios sumidos en líquidas sombras,
donde el agua, implacable,
sube hasta la cintura y borra los pasos.
Y así, la lluvia deja su huella,
testigo silente de un ciclo milenario,
susurrando historias en cada gota,
en cada charco, en cada latido.

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